La mente colectiva del mexicano

LA COLONIA VIRREINAL

Si se considera la diversidad étnica y mitológica del México mesoamericano sería imposible definir las características más reiterativas en la población de esa época. No obstante, el común denominador más visible de todas esas culturas fue el de una arquitectura al aire libre, donde los dioses no se confinaban en espacios cerrados, como en Occidente, no existía el antropocentrismo, no se menospreciaba el cuerpo físico del ser humano y existían valores morales muy distintos a los de la civilización occidental.

Cuando se realizó la primera parte de la Conquista de México por los aventureros españoles, no hubo un cambio importante en la mente colectiva de los aborígenes, ya que los conquistadores utilizaban los mismos métodos de los nativos de Mesoamérica para conseguir sus objetivos. La violencia, la ambición, la venganza, el engaño y la envidia fueron los factores básicos de la Conquista, con la ventaja obvia de las armas de fuego, las armaduras protectoras y los maravillosos caballos.

El gran cambio en la edad mítica de la mente mesoamericana surgió durante la colonización de México debido a la labor profética de las primeras órdenes religiosas que llegaron a México, franciscanos, agustinos y dominicos, a quiénes se les había educado con una formación renacentista mucho más plural y ecuménica que a los religiosos del Medievo. Aunque el pensamiento toral de todas las iglesias cristianas anteriores a la Reforma estaba inspirado en un acto irracional de fe, ya se había hecho la dicotomía entre la mente y el cuerpo físico del individuo y existía la creencia, apoyada en la normatividad eclesial que los aborígenes de Las Indias Occidentales carecían de mente y de alma.

Eso fue el principal justificante de que los indígenas mesoamericanos fueran considerados similares a las bestias de carga, por lo que se empleaban los mismos métodos de crueldad física para comunicarse con ellos. A pesar de la bondad y de la espiritualidad de muchos de los religiosos que llegaron a México en los siglos 16 y 17 nunca se pudo superar ese gran error de la Iglesia que persistió durante toda el período virreinal en el que dominó en España la Casa de Austria. Al iniciar el siglo 18, cuando los  borbones alcanzaron el trono de la monarquía española y llegaron a México los religiosos jesuitas con las ideas revolucionarias y progresistas de la Contrarreforma, muy pronto fueron expulsados sus principales ideólogos (Alegre y Clavijero) cuando plantearon la posibilidad de que los indígenas fueran seres humanos con alma.

De forma paradójica, las consecuencias más importantes de la labor profética de los religiosos fueron que fomentaron el natural espíritu dependiente de los aborígenes y los llevaron a pensar que no estaban capacitados a tomar decisiones fuera del campo doméstico y de acciones instintivas, mientras que los los encomenderos y los nuevos patrones criollos ratificaron con golpes y malos tratos a los indígenas su condición de bestias hechas para labores rudas. Por desgracia, esa visión errónea del mundo eclesial fue transmitida de forma inexorable a la mente colectiva de indígenas y mestizos mexicanos, con tal vehemencia que sigue vigente hasta los tiempos actuales.

LA SEGUNDA COLONIA. A pesar de la celebrada Guerra de Independencia (1810 – 1821) México nunca logró su autonomía, ni política, ni económica, ni territorial durante todo el siglo 19. De hecho, la transferencia del poder de amos españoles a criollos exacerbó el mal trato a los indígenas. Por otra parte, la invasión de España por los franceses, la expulsión de ingleses y franceses del territorio estadounidense y la amenaza constante de las principales potencias del mundo, entre las que se incluía los Estados Unidos, más la existencia de simpatizadores de las grandes potencias externas en las altas esferas políticas determinó que el México independiente nunca pudiera desarrollar una política interna autónoma. Bajo esa presión constante del exterior, pronto perdió gran parte de su territorio en 1848 (2.24 millones de kilómetros cuadrados) frente a los Estados Unidos, con la ayuda del máximo traidor de la historia Antonio López de Santa Ana y poco después se consumó la invasión de los franceses en 1862 que crearon una monarquía efímera con Maximiliano de Habsburgo (1864 – 1867) apoyados por los traidores Miramón y Mejía, más gran parte del pueblo mexicano que los apoyó.

Aunque en los últimos años del siglo 19 se sucedieron gobiernos republicanos más o menos autónomos, los conceptos del Estado moderno de la Ilustración no progresaron y el País pronto cayó en manos de la dictadura porfirista que duró hasta 1910. La denominada Revolución Mexicana no fue un movimiento popular, como lo asegura Octavio Paz y otros literatos patrocinados por los gobiernos revolucionarios, sino un proceso de recuperación de las tierras de hacendados de las que fueron despojados por la burocracia porfirista y decidieron recuperarlas por la vía de las armas. Por desgracia, el proceso revolucionario mexicano sólo tuvo como propósito reconquistar el poder económico y político por quiénes habían sido propietarios de tierras o venían de familias de la burocracia política, más nunca hubo un proceso de reivindicación social para los mestizos pobres y para los indígenas, tal como se trató de difundir a través del sistema educativo y en la obra artística de muralistas, escritores y cineastas de los años 30 y 40 cooptados por los gobiernos que se denominaban ‘revolucionarios’.

Sobre ese gran mito se construyó un sistema político igualmente falso, donde el Estado pretendía crear una protección institucional a las clases trabajadores, pero sólo produjo la concentración de la riqueza y del poder político en los líderes más ambiciosos e hipócritas. Durante más de 70 años la nación mexicana sufrió el tormento de un sistema político hiperautoritario que se ostentaba como popular, la pobreza aumentó y finalmente la élite capitalista se apropió del poder político. Aunque tuvo un período en el que se aumentó la permeabilidad social ( 1938 – 1968), pronto se derrumbó a fines de los ochenta, cuando el espurio presidente Carlos Salinas entregó el País a los Estados Unidos a cambio de diferir una deuda pública exagerada que había contratado el gobierno de López Portillo y adjudicó las empresas paraestatales más rentables a sí mismo y a sus principales socios, entre quiénes destaca Carlos Slim que heredó Telmex.

Los criminales saqueos de Salinas se transfirieron al sexenio de Zedillo, quién tuvo que aceptar un sistema de rescate financiero ideado por el Banco Mundial donde se salvaron a los acaudalados banqueros con dinero procedente de los ingresos fiscales de los contribuyentes (FOBAPROA) y posteriormente destrozando a las dos grandes empresas paraestatales (PEMEX y CFE), al contratar créditos a réditos desorbitados de la banca estadounidense obligado por Washington.

LA COLONIA ACTUAL.-  El total dominio de Washington sobre el Estado Mexicano se presentó durante el sexenio de Salinas (1988 – 1994)), justo cuando México abría sus fronteras a las exportaciones de los Estados Unidos, los banqueros nacionales empezaban a recuperar la banca en propiedad del Estado, los grandes capitalistas empezaban a participar en el negocio de la política contingente y Norteamérica se convertía en amo y señor del Planeta con la caída del socialismo real de la Unión Soviética.

Clinton, el astuto negociador de los demócratas había alcanzado la presidencia de los Estados Unidos, en un momento de crisis nacional producida por la incompetencia de Bush (padre) que había permitido emigrar a China y al Sudeste Asiático a una buena parte de la gran industria de manufactura, ocasionando una baja enorme del consumo de la clase media trabajadora, cuyo poder adquisitivo cayó y en muchos casos se enfrentaron al desempleo masivo.

A través de Clinton, Salinas logró que el Congreso de los Estados Unidos firmase un tratado de libre comercio con México, donde casi todas las ventajas fueron para Norteamérica, ya que el flujo de productos mexicanos hacia Estados Unidos era mucho menor que el de ellos hacia México, con la gran ventaja de que sus departamentos de salud, de control ecológico y sus sindicatos tenían poder de veto en todos aquellos productos que les competían, mientras que con el mercado mexicano los Estados Unidos lograban rescatar todos los productos alimenticios y de consumo doméstico que ya estaban muy devaluados, caducados o prohibidos para su venta en Estados Unidos (outlets y off grades).

Manipulando a las minorías raciales, con el soporte de los grandes sindicatos y con la ayuda de las naciones que habían pertenecido a la Unión Soviética, Clinton recuperó la capacidad productiva de su País, logrando que su planta industrial alcanzase a trabajar al 86% de su capacidad instalada, un récord que no fue igualado ni en el período de la postguerra de los años cincuenta. Este auge norteamericano se reflejó en México, ya que su demanda de maquilas, materias primas, commodities y manufacturas creció de forma desorbitada.

Para entonces, gran parte de su clase política mexicana ya había egresado de universidades estadounidenses o de escuelas de educación superior nacionales con programas de estudio similares; además, los grandes empresarios y sus descendientes empezaban a participar en la política contingente y consideraban a la sociedad estadounidense como la estructura política y social perfecta para todos quiénes fuesen racionales y tuviesen  sus mismos paradigmas materialistas.

El resultado fue que la colonización de México por los norteamericanos se hizo a través de los mismos mexicanos que habían considerado como modelo perfecto a la visión del mundo de las universidades neoliberales de los Estados Unidos, a su sistema político y a toda su forma de vivir con disfrute rápido. Desde Miguel de la Madrid, pasando por Salinas, Zedillo, Fox y Calderón, todos estaban convencidos de que la educación universitaria norteamericana y su visión del mundo eran la única opción para México y para todos los países que aspirasen a formar parte del círculo de las naciones desarrolladas.

Con ligeros cambios, pero la autodenigración étnica, la incapacidad para coexistir en una sociedad plural sin mando único y la creencia de que todo lo mejor proviene del exterior, han sido rasgos fundamentales de la mente colectiva del mexicano que han permanecido firmes durante los casi 500 años de vida del país mexicano.

CONCLUSIONES.- Aunque se antoja difícil cambiar la mente colectiva de un país que ha durado 500 años, una modificación rápida podría lograrse con la participación de las clases populares en la dirección política de México, tal como ha sucedido en Brasil y en los países del Cono Sur o simplemente con la participación de científicos y técnicos de alta calificación en todos los puestos públicos donde las decisiones deben estar apoyadas en el pensamiento crítico de la ciencia.

ADENDO.- Nuestra fundación SESGO.ORG ha publicado una tesis que contiene 10 puntos críticos de la sociedad mexicana que tienen soluciones científicas y que servirán para mejorar la vida de los mexicanos ahora mismo, al margen de cualquier concepto mitológico o ideológico. Se puede verificar esta tesis en las páginas anteriores de este blog con el título de USO SOCIAL DE LA CIENCIA.

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